¿Dónde estamos?

Argentina está situada en el Cono Sur de Sudamérica, limita al norte con Bolivia, Paraguay y Brasil; al este con Brasil, Uruguay y el océano Atlántico; al sur con Chile y el océano Atlántico, y al oeste con Chile. El país ocupa la mayor parte de la porción meridional del continente sudamericano y tiene una forma aproximadamente triangular, con la base en el norte y el vértice en cabo Vírgenes, el punto suroriental más extremo del continente sudamericano. De norte a sur, Argentina tiene una longitud aproximada de 3.300 km, con una anchura máxima de unos 1.385 kilómetros.
Argentina engloba parte del territorio de Tierra del Fuego, que comprende la mitad oriental de la Isla Grande y una serie de islas adyacentes situadas al este, entre ellas la isla de los Estados. El país tiene una superficie de 2.780.400 km² contando las islas Malvinas, otras islas dispersas por el Atlántico sur y una parte de la Antártida. La costa argentina tiene 4.989 km de longitud. La capital y mayor ciudad es Buenos Aires

PAPA FRANCISCO

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El verdadero tratamiento de la droga es la prevención


Por Carlo Bellieni, en “L'Osservatore Romano”

CIUDAD DEL VATICANO, sábado, 11 de junio de 2011 (ZENIT.org).- Los muchachos que utilizan droga pronto se dan cuenta, a su costa, de los daños que se derivan de ella y los saben describir bien. Lo revela un estudio suizo recién publicado (Swiss Medical Weekly), que describe los trastornos de relación o de tipo sexual provocados por los estupefacientes.

Los jóvenes pagan, pero sus “maestros” siguen predicando la legalización de la droga: algunos usan la imagen de la droga para atraer audiencias en los escenarios de televisión; otros —como han sostenido recientemente algunos ex jefes de Estado, políticos y personalidades públicas— piensan que liberalizando se sustrae el mercado a la delincuencia.

Ambos se equivocan: los primeros porque especulan de mala fe con la debilidad de la adolescencia; los segundos porque la liberalización no ha hecho desaparecer el juego de azar clandestino ni ha reducido el consumo de alcohol; y porque la droga no es, en primer lugar, un problema de delincuencia, sino de vacío de esperanza y de proyectos, colmado por una felicidad artificial que destruye el cerebro.

Y es que la droga hace daño. Y lo demuestra la ciencia. Un estudio publicado este mismo mes en el British Journal of Psychiatry muestra que cuanto antes se comienza a drogarse tanto peores son las futuras consecuencias neuro-cognoscitivas; así se confirma lo que ya se conocía, es decir, que las capacidades mnemónicas y de atención quedan malparadas por el contacto con la droga incluso a distancia de años (Journal of Psychopharmachology, enero de 2010). La consecuencia práctica es que para quien se droga no basta evitar hacerlo durante el trabajo (conductores y otras profesiones) para no causar graves daños.

Por no hablar de los vínculos del cannabis con la aparición de la esquizofrenia, una psicosis gravísima, que guarda relación con la tan ponderada «droga blanda»: el Lancet de julio de 2007 mostraba que eliminando la marihuana, las psicosis en la población disminuirían en un 14%. Por estos motivos y por el fracaso de las políticas de despenalización, la American Academy of Pediatrics se pronunció claramente contra la liberalización del cannabis a causa de sus efectos sobre los muchachos, entre los cuales está el riesgo de tumores, y contra la idea de un cannabis terapéutico, que en último término no es más que una puerta abierta a la liberalización, más que un arma real contra el dolor.

En este escenario de emergencia sanitaria es patético el intento de enturbiar las aguas introduciendo en el recipiente de las clasificaciones de drogas un poco de todo, desde el vino hasta el lsd, para decir que, en el fondo, en la droga basta saber medirse, evidentemente sin recordar que el vino es un alimento y que el tabaco no altera los sentidos, y que la marihuana sí. Nosotros somos los primeros en escandalizarnos por el acceso precoz de los muchachos a tabaco y alcohol, y solicitamos fuertes restricciones para los jóvenes y claras campañas de disuasión respecto albinge drinking o a la nicotina; pero esto no significa que a dos desgracias se deba añadir una tercera, sobre todo en un momento en que la lucha contra las primeras dos está dando buenos resultados.

La liberalización de una sustancia nociva acaba por hacer que se considere injusta la lucha contra las demás. Y puede ser promovida sólo por una ideología anticuada, la de los supervivientes de los años de la contestación — que predicaba la falta de responsabilidad—, que no escuchan los llantos de las víctimas de los accidentes de tráfico causados por jóvenes drogados, las lamentaciones de los familiares de los suicidas o las lágrimas de los intoxicados que, en el mejor de los casos, acaban en comunidades de recuperación.

Es la ideología de quien, como escribía Pier Paolo Pasolini, ha jugado a actuar como revolucionario y, al llegar a la vejez, se da cuenta de «que ha servido al mundo contra el que, con celo, había luchado» (Trasumanar e Organizzar, 1971), y sólo regala a los jóvenes soledad, añoranzas y droga, es decir, «duendes de vidrio, que te espían por delante y ríen a tus espaldas», como escribió Fabrizio de André en el «Cántico de los drogados» (1968). Ideología coja, que fracasa también en la lucha contra el comercio de la droga, como subraya la correspondiente task force de la administración estadounidense, gracias a la cual sabemos que en Holanda, desde la apertura de los «bares de marihuana» en 1976 se ha triplicado el uso no sólo de esa droga, sino también de la heroína; y que los experimentos suizos de parques reservados a los drogados han fracasado miserablemente. La sed de significado y de amor no se colma dando alcohol y droga: así sólo se crea marginación.

Nota: en vez de despenalizar la tenencia de droga para el consumidor hay que aumentar las penas pero permitir negociarlas denunciando a quien se la vendió.

Fuente: iesvs.org