¿Dónde estamos?

Argentina está situada en el Cono Sur de Sudamérica, limita al norte con Bolivia, Paraguay y Brasil; al este con Brasil, Uruguay y el océano Atlántico; al sur con Chile y el océano Atlántico, y al oeste con Chile. El país ocupa la mayor parte de la porción meridional del continente sudamericano y tiene una forma aproximadamente triangular, con la base en el norte y el vértice en cabo Vírgenes, el punto suroriental más extremo del continente sudamericano. De norte a sur, Argentina tiene una longitud aproximada de 3.300 km, con una anchura máxima de unos 1.385 kilómetros.
Argentina engloba parte del territorio de Tierra del Fuego, que comprende la mitad oriental de la Isla Grande y una serie de islas adyacentes situadas al este, entre ellas la isla de los Estados. El país tiene una superficie de 2.780.400 km² contando las islas Malvinas, otras islas dispersas por el Atlántico sur y una parte de la Antártida. La costa argentina tiene 4.989 km de longitud. La capital y mayor ciudad es Buenos Aires

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Novela que revela la identidad de Cristóbal Colón




Nota publicada por
BIBIANO MORENO MONTES DE OCA
@BibianoMoreno
el viernes 12 de octubre de 2012
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La novela El Código 632, del portugués José Rodríguez dos Santos, es una curiosidad por combinar en una misma trama el thriller con una profunda investigación histórica sobre un tema de interés global: la oscura vida de un personaje como lo fue el almirante Cristóbal Colón, pero del que no existen documentos convincentes que demuestren que en realidad es el mismo al que se atribuye el “descubrimiento” del continente americano, que hoy oficialmente cumple 520 años.

La historia de El Código 632 comienza como un thriller: muere de manera extraña el profesor Toscano, al que la American History Foundation contrata para realizar una investigación relacionada con el descubrimiento de Brasil (ocurrido el año de 1500 por parte del portugués Pedro Álvares Cabral), por lo que sus directivos (todos italianos radicados en la ciudad de Nueva York, un dato muy importante) voltean la vista hacia otro historiador, también de ascendencia peninsular.

Así, por azares del destino, Tomás Noronha se convierte en el personaje central sobre el que gira esta intensa novela histórica, vista desde la perspectiva del siglo XXI. Por supuesto, el protagonista tiene sus cualidades para haber sido elegido para concluir el inconcluso trabajo iniciado por el difunto Toscano: es un paleógrafo y un criptoanalista, es decir, se trata de alguien cuyo trabajo consiste en descifrar mensajes ocultos, interpretar textos y determinar la fiabilidad de los documentos. Es, en suma, algo así como el Robert Langdon europeo, protagonista de la famosa trilogía del gringo Dan Brown.

El profesor Noronha, de la Universidad Nova de Lisboa, capital de Portugal, resulta ser el más apto para la tarea que se le encomienda: originalmente abundar a profundidad sobre el descubrimiento de Brasil (cuyos 500 años se celebraron en 2000, fecha muy cercana en la novela), para enseguida desviarse por completo y toparse con un Cristóbal Colón sobre el que existe un inmenso manto oscuro que oculta por completo su verdadera identidad.

En base a la investigación iniciada por Toscano, Noronha retoma el hilo conductor que lo lleva a descubrir muchos y terribles errores históricos sobre el hombre que supuestamente encabezó la hazaña de “descubrir” tierras que se consideraban extrañas para el mundo del siglo XV, que por entonces se hallaba repartido entre España y Portugal, las súper potencias de su tiempo. Lo más importante –e interesante— del asunto es que la abundante información proporcionada en El Código 632 es real, no ficción.

Para comenzar, en tiempos de los descubrimientos (a finales del siglo XV), en Portugal existía lo que se denominaba la política del sigilo, que no era otra cosa que la de ocultarle al mundo de entonces grandes hazañas que ya habían tenido lugar antes de que se “descubriera” América oficialmente en 1492, como la de Bartolomeou Dias, que cruzó el Cabo de Buena Esperanza y descubrió el paso del Atlántico al Índico.

De hecho, de las tierras americanas ya tenían noticias los portugueses como 80 años antes del año 1500 (cuando Brasil fue “descubierto” oficialmente), pero desde entonces imperó la política del sigilo para mantener en secreto la información. Dice el autor a este respecto:

“Conocían (los portugueses) mucho más del mundo de lo que dejaron entrever a sus contemporáneos y a las generaciones futuras. La Corona se mostraba consciente de que, en cuanto revelase la existencia de esas tierras, tal anuncio atraería atenciones indeseables, despertaría codicias inoportunas e intereses amenazadores. Los portugueses sabían que nadie codicia lo que se desconoce. Si el resto de Europa no llegaba a conocer la existencia de esas tierras, seguro que no competiría con los portugueses por su exploración. Los descubridores quedaron así con las manos libres para realizar tranquilamente sus exploraciones sin tener que preocuparse por la competencia”.

De manera, pues, que los portugueses del siglo XV eran unas fieras para la navegación, razón por la cual el “descubrimiento” del nuevo continente no se le debe a los reyes españoles que patrocinaron a Colón, sino a Portugal. Además, con todo lo que sabían, para los portugueses resultó fácil engañar a España con la firma del Tratado de Tordesillas.

El mentado Tratado fue propuesto por Lisboa y dividía la Tierra mediante un paralelo que pasaba por las Islas Canarias, por lo cual los castellanos se quedarían con la explotación de todo lo que se situaba al norte del paralelo y los portugueses con el resto. Posteriormente, el Papa Alejandro VI (que era español y, por tanto, juez y parte) marcó una línea divisoria según un meridiano situado cien leguas al oeste de las Islas Azores y de Cabo Verde.

Los portugueses no la hicieron de tos: aceptaron de los españoles la existencia de esa línea divisoria, pero exigieron que fuera desplazada 370 leguas al oeste de Cabo Verde. Los castellanos tampoco la hicieron de tos. No obstante, lo que a España le tocó con esa segunda línea sólo era agua; por tanto, a Portugal se le quedó Brasil. ¿Dónde estaba el truco? Sencillo: Lisboa sabía de la existencia de esas tierras, algo que los castellanos ignoraban.

Conforme avanza la historia, muy bien escrita por el autor y con una traducción que respeta las expresiones hechas en inglés para no tener que hacer sonar a los personajes como si fueran madrileños, se va llegando al personaje omnisciente que resulta que aparece con un montón de nombres, pero que en definitiva ni se llama Cristóbal Colón ni es originario de Génova, Italia, como la historia oficial se lo ha mostrado al mundo entero.

Todo parte de un mensaje encriptado en la novela El péndulo de Foucault, del maestrazo Umberto Eco, donde aparece lo siguiente: “Sólo un texto curioso sobre Cristóbal Colón: analiza su firma y descubre en ella incluso una referencia a las pirámides. Su intención era reconstruir el Templo de Jerusalén, dado que era gran maestre de los templarios en el exilio. Como era notoriamente un judío portugués y, por tanto, especialista en la cábala, con evocaciones talismánicas calmó las tempestades y dominó el escorbuto”.

El novelista José Rodríguez dos Santos desmenuza a conciencia la verdadera historia de Cristóbal Colón y hace referencia a El Código 632 que realmente existe y que desvela uno de los mayores misterios largamente ocultado por la historia oficial. Así, pues, tenemos que, entre otras cosas, Colón no se llamaba así (el nombre se oficializó apenas en el siglo XIX), era originario de Cuba, población de Portugal, y la religión a la que pertenecía era la judía.

Algunas cuestionamientos que se plantea el autor de la novela son muy pertinentes; por ejemplo, un hombre cuya familia era humilde y se dedicaba a tejer tela no podría haberse dirigido a los reyes católicos de España en busca de apoyo, pues ¿dónde podría haber aprendido sobre navegación alguien que era un analfabeta? Resulta más sensata creer la investigación: se trataba de un noble de origen judío que fue a ofrecer sus servicios a España con el respaldo secreto de Portugal, de donde era originario.

Hay muchos más puntos oscuros sobre el nombre: se le llamaba Cristofom, Cristovam, Cristoforo, y de apellido Colombo. Colom, Collon, Colonus, Colonna, Colomo, Guiarra, Guerra, Colon y Colón. De igual forma, participó en un complot contra el rey de Portugal, aunque una década después se le perdonó para que encabezara el proyecto de “descubridor” de América. Por último, emprendió su empresa el mismo día en que España expulsó a los judíos, algo que se antoja bastante oportuno.

Y a un judío, por cierto, sus padres no podrían haberle llamado Cristóbal, pues su raíz es Cristo, y los que practican esa religión no se atreverían a imponerle a su hijo el nombre del que le hace competencia a Moisés, que es para el pueblo de Israel lo que Jesús es para los cristianos.

La novela contiene muchísima información (son 526 páginas) que, obvio, en una columna sería imposible mencionar. Lo recomendable es hincarle el diente a tan reveladora historia.

Fuente:
http://www.sdpnoticias.com/columnas/2012/10/12/novela-que-revela-la-identidad-de-cristobal-colon

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