¿Dónde estamos?

Argentina está situada en el Cono Sur de Sudamérica, limita al norte con Bolivia, Paraguay y Brasil; al este con Brasil, Uruguay y el océano Atlántico; al sur con Chile y el océano Atlántico, y al oeste con Chile. El país ocupa la mayor parte de la porción meridional del continente sudamericano y tiene una forma aproximadamente triangular, con la base en el norte y el vértice en cabo Vírgenes, el punto suroriental más extremo del continente sudamericano. De norte a sur, Argentina tiene una longitud aproximada de 3.300 km, con una anchura máxima de unos 1.385 kilómetros.
Argentina engloba parte del territorio de Tierra del Fuego, que comprende la mitad oriental de la Isla Grande y una serie de islas adyacentes situadas al este, entre ellas la isla de los Estados. El país tiene una superficie de 2.780.400 km² contando las islas Malvinas, otras islas dispersas por el Atlántico sur y una parte de la Antártida. La costa argentina tiene 4.989 km de longitud. La capital y mayor ciudad es Buenos Aires

PAPA FRANCISCO

PAPA FRANCISCO

Google+ Followers

"No darnos nunca por vencidos." - mensaje navideño de Delfina Acosta


Por Delfina Acosta

A veces los días transcurren apáticos, fríos, y faltos de motivación para las personas. Y las gentes se hunden en una suerte de decaimiento, si no abismo.


Pero debemos tratar de estar alegres.

Pienso que la sociedad, la esencia del ambiente en el que nos desenvolvemos, con sus terribles condiciones y sus abstractos, nos llama a estar contentos a pesar de todo.

Sí. Felices. Aún a costa de nuestro mal carácter que debemos ir puliendo, con sabiduría, con perseverancia. Es una imposición de la razón buscar el lado positivo de las cosas que se desplazan, que fluyen, en nuestro entorno.

Contentos debemos estar a pesar de que a veces la salud nos falla en algún sitio del cuerpo. Es bien sabido que la maquinaria que es nuestro organismo ha de ir desgastándose con el transcurrir del tiempo. Debemos apostar –entonces– a nuestra salud espiritual, a aquellas flores expectantes y hermosas como las rosas, que se abren en nuestra alma para darnos luz y reposo. Cantando alguna estrofa pegadiza a la vuelta de la cuadra, trabajando en lo que debemos trabajar, levantándonos temprano para ganarle la partida al sol, es como muchos hombres y mujeres encontramos alegría y ganas de celebrar la existencia.

Es cierto; a veces no podemos estar alegres.

Pero estamos conformes con la situación del día, porque sabemos, porque estamos enterados de nuestra capacidad para revertir un momento de crisis económica o anímica en una oportuna ocasión para saldar cuentas y apuntar a mejores faenas.

Debemos ser los grandes transformadores de nosotros mismos.

Que atrás se queden las personas desalentadas, gruñonas y ásperas que fuimos y que tanto daño hicieron a familiares, amigos y compañeros de trabajo.

En último caso, que seamos menos gruñones, menos buscadores de razones, motivos y causas para señalar con el dedo a los demás y para dar por torcidas las esperanzas. Busquemos estar menos disconformes con el entorno. Eso sí tiene real sentido.

El trabajo es nuestra herramienta de sostén y de triunfo.

Nuestra mente está sujeta a una enramada de células. Cuántas enfermedades solemos inventar con nuestra mente. Si aprendiéramos a tener más control sobre nuestras emociones y entendiéramos que la dicha está a nuestro alcance cuando nuestra actitud ante la vida y ante las demás personas mejora, otro sería nuestro cantar.

Un individuo quejoso es en sí mismo una mala noticia.
Espantamos su nombre.
Sus quejas tienen el poder de soplar un viento malo sobre nuestras cabezas.
Nuestra salud progresa considerablemente si decimos que sí, que estamos bien.

Pero usted ya sabe... están los eternos enfermos. Los que parecieran deleitarse quejándose de sus juanetes, de aquella gripe contraída sin saber cómo, de esa reuma que está manifestándose.

Y luego están los otros, los descontentos crónicos.
Y también aquellos que convierten su boca en un basural hablando negativamente de los demás.

Ah... Entrar en razón.
Entender que somos artífices de nuestro propio destino. Superarnos a nosotros mismos.
Pelear siempre la buena batalla.

No darnos nunca por vencidos.